Se levantaba cada mañana para verle.
Miraba con un suspiro, detrás de una cortina, para que él no pudiera ver su cara.
Contaba los minutos esperando a verle pasar, como cuando eran novios.
Recordaba todos los momentos de amor que vivieron juntos y sentía esa sensación que te conmueve, esa chispa interior que llaman amor, ese impulso magnético que nos atrae.
Sentía mariposas, treinta años después de haberse muerto.
Y es que el amor, como todo lo que se siente dentro, no tiene tiempo.
Related Articles
Desde Sintiendo Mariposas y con la colaboración del fotógrafo César Martín, lanzamos el concurso “Brillando con luz propia”. Para participar sólo tenéis que pedir cita para el próximo sábado día...
Por petición popular, hemos ampliado el plazo de participación hasta finales de agosto. Estamos seguros que te va a dar tiempo a compartir un trocito de tu intimidad. Para todos...
Vivimos en un mundo en el que "sentir" a veces es un lujo que pocas personas se pueden permitir. Nos enseñan que tenemos que actuar medidos bajo una serie de...