La marca de la mariposa, por S.R.

La noche estaba siendo perfecta. Alberto me había llevado a cenar a La piccola Trattoria, muy cerquita de la playa. Él sabía que me encantaba la pasta. También sabía que tenía una hija de cinco años, Mar, aunque todavía no se conocían. En total nos habíamos visto unas diez veces y esta era la primera vez que lo hacíamos solos, sin nadie del grupo de clase de pilates. Me había apuntado a pilates hacía unos meses. Con cuarenta y cinco años había músculos de mi cuerpo que me lo pedían casi a diario y se había hecho un grupito en clase en el que había muy buen ambiente. Yo necesitaba desconectar algún rato, ya que vivir sola con Mar me absorbía las veinticuatro horas del día. Ya sé que yo me lo había buscado, pero la pareja perfecta no llega cuando quieres, si no cuando menos te lo esperas.

De pequeña yo también soñaba con el chico perfecto y tuve novios, por supuesto, unos más guapos, otros más simpáticos, otros que no debería haber tenido… pero el novio con el que soñaba no había llegado. Hubo un tiempo en el que me sentí culpable y me echaba la culpa sin tener claro qué era lo que estaba haciendo mal. Pero los años pasaban y mi tiempo para ser madre se agotaba, por eso hace cinco años decidí ser madre soltera. No fue una decisión tomada a la ligera, y pese a lo duro que habían sido estos cinco años sigue siendo la decisión más acertada que he tomado.

Después de cenar nos tomamos una copa en el Moai, un chiringuito rollo chillout en la playa, con hamacas de tela beige y velas en las mesas. Alberto era encantador. Parecía saber lo que me apetecía hacer antes de que yo dijese nada. ¿Por fin alguien con quien compartir mi vida? ¿Tal vez un padre para mi pequeña?

Mi trabajo de abogada freelance me permite compaginar mi vida laboral y familiar, pero aun así ando corriendo todo el día llegando siempre tarde. Todo sea por Mar. Es un encanto. Criarla yo sola nos ha unido muchísimo; aprender a comer, a dormir con un ojo abierto, a decidir yo sola pensando en las dos… Creo que Mar se parece bastante a mí, a no ser por esa pequeña mancha con forma de mariposa que tiene al final de la espalda sobre la nalga derecha y que supongo que será herencia de su padre. Cuando le pongo la braguita se tapa casi entera y ella se enfada porque le gusta verse la mariposa y se baja un poquito la braga.

Cuando terminamos los mojitos se levantó un poco de brisa y Alberto aprovechó. Se arrimó a mí y con toda la dulzura me besó. Despacio, muy despacio. La verdad es que lo esperaba y lo deseaba. Sin decirnos nada nos levantamos y nos dirigimos a su casa dando un paseo. Entramos abrazados, al salón llegamos despeinados y sin zapatos, por el pasillo voló casi todo lo que separaba nuestras pieles, y al llegar a la habitación y darse la vuelta para abrir la puerta apareció, a medio tapar, una mancha que sobresalía por encima del calzoncillo. El estómago y la boca se me juntaron. Con la mano temblando bajé un poco más el calzoncillo y el resto de la mancha, con la forma parecida a la de una mariposa apareció. Aquella mariposa estaba dentro de mí y revoloteaba llenando un vacío que quedaba justo debajo del pecho.

Alberto abrió la cama. Entra, me dijo, estás temblando. ¿Crees en el destino? Le pregunté. Me miró sorprendido y me eché a reír mientras terminaba de quitarle el calzoncillo… y la noche se juntó con la mañana.

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